jueves, 15 de agosto de 2013

Subiendo al podio

Mi amiga, la licenciada Melina Bordone es una Trotadora Urbana hace más de un año. Corrió la Full Race de Vicente Casares, hizo podio y yo le pedí que me contara cómo fue participar de una carrera de aventura, algo que nunca hice. 
Acá su crónica: seguro que te vas a sentir identificado...


Los domingos de carrera son los días de la semana en los que más temprano me levanto, incluso sin despertador, para hacer esto que es correr y que no tengo muy claro por qué me gusta tanto. Era una carrera muy esperada, al menos para mí, de esas de aventura en las que uno se funde con la naturaleza y corre entre los árboles, evitando caerse o torcerse un tobillo. Supongo que, antropológicamente hablando, tiene un poco de sentido esto que digo: nuestros antepasados corrían para cazar o para sobrevivir. Hoy experimentamos, en parte, un poco de esa sensación. Así lo vivo yo, quizá por mis intereses por la biología.
A las 6AM no pude dormir más. Desayuné mientras elegía qué ropa usar. Quería ponerme todo el placard encima: 1ºC era el pronóstico en CABA y seguro mucho menos en Casares. Amenazaban con aguanieve y vientos para una sensación térmica bajo cero. Remera, térmica, rompeviento, polar, chaleco y campera polar y abajo unas calzas largas y pantalón…
Salimos en caravana, como diez autos. Llegamos y…“qué frío la *pmqlp*. ¿A quién se le ocurrió poner esta carrera en el calendario?”. La entrada en calor fue larga e insorteable con el frío: nos movimos una hora. Fue súper necesaria y esencial, a más de un “paradito” le hubiese gustado sumarse. Dejamos los abrigos en el auto de mi papá que vino a presenciar lo que es ser Trotador Urbano por primera vez.

Me perdí la arenga trotadora Pista-Pista-Pista y la foto grupal por estar en el baño, como me ha pasado más de una vez. Minutos antes de ir hacia la largada, Pablo Pillet me pidió: “Quiero que corras todo lo rápido que puedas”, entre otras cosas. Y yo me reí y le contesté que “pensaba hacer exactamente eso, ahora me doy cuenta de por qué estuve tan nerviosa toda la semana”. Es difícil salir a correr por un objetivo si antes no lo hacés tuyo y trabajás para creer que lo podés concretar.

Largamos, se suponía que tenía que seguir a Pepe. Él se iba a acomodar los dos primeros kilómetros. Jamás lo vi. “Sigo a mi ritmo, no vaya a ser que me queme en los dos primeros km y después sufra los últimos diez”. “Además, hay gente que corre 4km y seguramente va a ir mucho más rápido que yo”. “Vos seguí así que tardás en entrar en calor, fijate cómo te sentís y cuando conozcas un poco más el terreno empezá a apurar”.  Diálogos conmigo misma. Un grito de Paula me saca del ensimismamiento: “Vamos, Meli, haceme el honor”. Levanté el pulgar derecho en señal de “hecho”. Y pasé.

Fueron unas cuadras sobre la ruta, luego doblamos a la derecha y nos metimos en una calle de tierra, a la izquierda otra vez, entramos a un campito, bordeamos una tranquera, el terreno cada vez más sucio y más húmedo. “Bien, esto me encanta. No está tan terrible, podría ser peor”. “A ver estas huellas de tractor…”. “No, mejor por acá no, son inestables”. “Prefiero el pasto y las ramas, más tupido y menos firme pero al menos pisás y es toda una sola cosa”. Sin despegar la vista del terreno, empezamos a acomodarnos todos los que venimos al mismo ritmo. Tengo a una mujer de remera azul y short adelante. “Si corre así vestida debe ser de acá y está acostumbrada. Entonces, está bien que esté adelante, quizás después la pueda pasar, pero faltan como 9 km para terminar”.
La empecé a alcanzar, ya estaba bien entrada en calor, sin incomodidades y sentía que conocía mejor el terreno. Me incomodaba no poder ver dónde pisar, no podía planificar las zancadas. Tenía mucho menos tiempo para reaccionar. Era el momento de pasarla. Lo hice apurando un poco el paso y desviándome del camino unos centímetros. El paso de los anteriores corredores estabilizaba el camino, cuando me desvié noté que ya no era tan firme dónde pisar, corría riesgo de doblarme y para mi metatarso, fracturado meses atrás, ésta era su primera aventura. “A ver si te la bancás”. “Bien, así. Volvé al camino, acomodá la respiración”. Nos metimos a un bosquecito. Estas son las partes que más me gustan. Más reparados del viento, la vegetación tupida. Los obstáculos se vuelven más interesantes. A veces hay que agachar la cabeza, otras hay que zig zaguear y “bien, ahora hay que saltar este tronco”. Muchos frenan para pasar y yo aprovecho para adelantarme.
En el km 5 nos dieron agua. Tomé dos sorbos y tiré la botella. “Siempre lo mismo, nos dan la botella entera y derrochamos un montón”. Bajé un poco el ritmo, es inevitable cuando uno incorpora algo de afuera, todo sistema necesita un tiempo para volver a ajustarse. En el km 6 empecé a sentir una puntadita en el costado derecho. “Es el aire y el agua, respirá profundo que se va. Ojalá que no te pase como en la Unicef. No creo, con las pasadas que hicimos el martes ya tendría que estar acostumbrada a la falta de aire”. Respiré hondo y por suerte se fue. El aire era tan frío que trataba de respirar a través del cuello polar. Por momentos lo mordía para que no se me bajara, inspiraba por la nariz y exhalaba por la boca.
Noté que el reloj Garmin prestado vibraba a cada kilómetro, poco después de la marca oficial. Era la primera vez que usaba uno de estos, sólo entendí cómo poner start y stop. Seguramente no estaba bien tomada la distancia o yo estaba aprovechando bien las curvas. No quería mirar el reloj porque venía bien y entusiasmada. Sentía que iba a buen ritmo y no quería ni ofuscarme si era más lento a lo que percibía o asustarme y tener excusas para aminorar la marcha. Aproveché para comer algo.
Al tiempo, la misma mujer volvió a pasarme. Todavía quedaban muchos kilómetros más y tampoco estaba segura si ella iba por los 8 o por los 12k. En el desvío, la mayoría se quedó por los 12, incluyendo a esta mujer que estaba a 50-70 metros. Empecé a pasar gente, muchos se iban quedando. En total me doblé dos veces el pie izquierdo y una el derecho. Fueron mínimos, yendo más rápido quizá lo hubiese sentido más. Me parecía más peligroso no poder ver hacia delante que el riesgo de doblarme. La carrera ya estaba terminando, dos kilómetros más y listo.
“¿A ver en cuánto hice los 10k?”. Ese fue el único momento en el que miré el reloj. Para mi sorpresa había bajado 30 segundos el tiempo de Lanús y, en una carrera con obstáculos, me pareció bien. Además, me di cuenta de que no estaba corriendo fuera de mis límites, no me estaba exigiendo más de la cuenta y tenía mucho resto.
Última parte de bosque, salimos a la calle de tierra. El viento venía de frente, miré para abajo y cubriéndome con la gorra, seguí sin ver cuánto faltaba para terminar esa recta. Pasamos a la ruta, ya estábamos terminando. Veo que tengo a esta mujer a pocos metros. Faltaría un kilómetro, nada más. Tengo una conversación interna. “Si la querés pasar vas a tener que apretar el paso y arriesgarte. Arriesgarte a que ella también apure y tengas que mantenerte, a llegar sin aire, sin piernas… ¿Y, Melina, qué vas a hacer?”. “Ya fue, me arriesgo, en la vida hay que arriesgarse…”. Mi cuerpo ya había decidido por mí, había ido arrimándome de a poco y la pasé, volví a mejorar la velocidad, una curva, ya se termina, el sprint final y
Escucho gritos de aliento, muchos. Creo haber reconocido la voz del profe Pablo, Paula y Ceci. Ahí terminó la carrera para mí, quedaban dos cuadras más de puro disfrute. Me sorprendí por cómo seguían respondiendo mis piernas después de 12k. Estaba contenta, sentía que había cumplido. Había tratado de dar lo mejor y me sentía mejor de lo que esperaba. El frío... ¿qué frío? Me detuvieron en la llegada y me empezaron a revisar la ropa para ubicar mi dorsal. Yo no entendía nada, estaba metido entre toda la ropa que llevaba.

Paula me contó que había llegado segunda de la general de damas y que seguramente primera de la categoría. Mi papá me dijo lo mismo. Yo estaba feliz y tranquila a la vez. No era una felicidad eufórica, faltaba la clasificación oficial. No festejo antes de tiempo. Mi felicidad tenía más que ver con haber cumplido, con sentirme entera, sin dolores, con haber corrido sin agotarme o sin que ésta fuera “LA carrera”, con haber encontrado ese equilibrio entre la exigencia y la satisfacción, con haber concretado el pedido de Pablo, y con poder compartir esa felicidad con el equipo.
Los corredores nos exponemos a situaciones extremas o planificamos metas que parecen inalcanzables con el objeto de encontrar ese “no sé qué” del que nos suponemos carentes y que se nos revela al cruzar la meta. “La felicidad es verdadera cuando es compartida”, me enseñó una película. Es eso lo que sentí cuando premiaron los 12k y dijeron mi nombre. Subí orgullosa con la bandera de los Trotas al podio, minutos después de que lo hiciera Paula por sus 8k. Uno se da cuenta que lo que a uno le hace feliz está ahí, siempre estuvo ahí, en el día a día. Al someterse a esa exigencia, queda uno consigo mismo y esta revelación, que no es una revelación en sí misma, sino una revalorización de lo que uno ya ha conseguido mucho antes de que se ponga en marcha el reloj y de empezar a correr.
Así, el entrenar en un equipo tan unido, le da a cada uno de los integrantes el soporte, el apoyo, la confianza, la motivación, la posibilidad de superar situaciones que uno no toleraría solo y de compartir emociones, que son aún más enriquecedoras cuando al transmitirlas impactan en los demás de una manera positiva. Cuando subís al podio y levantás la bandera amarilla sentís que les estás haciendo un regalo a tus compañeros y les estás diciendo: “Gracias Trotas por todo el aguante, los quiero mucho. Acá arriba están ustedes conmigo”.

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