miércoles, 25 de septiembre de 2013

Y si, fue una maravilla

Así se veía desde el auto. Y no era la peor...
Imaginate que la primera subida, una vez que salís del portal de las Cataratas, tiene una longitud de un kilómetro. Sí, los primeros casi 1.000 metros son en subida, en curva, como para aniquilar ese entusiasmo con el que salen algunos en las carreras. Esa furia en el envión inicial se termina cuando te topás con el primer ascenso. Pero es eso, porque el resto de la carrera es espectacular. En realidad, hasta ese pico empinado es maravilloso, porque te prepara para lo que viene: un terreno exigente y desafiante, 7.5k para un lado y 3k para el otro, formando una T, para completar los 21k de Iguazú, una experiencia que recomiendo vivir.

Es verdad, yo no fui a las Cataratas a buscar un tiempo, fui a disfrutar de un fondito de más de dos horas, sin música, escuchando los ruidos de la selva misionera, corriendo por un túnel de verde furioso, con amigos, charlando, posando para las fotos (bueno, eso lo hago siempre), saludando amigos en el recorrido, con la seriedad con la que encaro cada carrera pero sin presiones. Y esa es una de las tantas razones por las que la disfruté. Pero hay mucho más que correr entre mariposas y pájaros. Y subidas y bajadas. Y más subidas...

Para una carrera de este tipo, con un clima caluroso y húmedo y en un terreno con tantos desniveles, una buena organización tiene que estar en todo. Y así fue con Run Argentina. No lo digo como chivo, porque ya me ha tocado pasarla mal en algunas carreras y cuando hay que criticar, se critica. Pero desde la entrega de kits (organizada, sin apuros, resolviendo inconvenientes y con un catering de lujo) hasta el cóctel de cierre en el Amerian (lunch, premios por categorías, video de las llegadas), todo fue maravilloso. La hidratación fue un punto altísimo: no sólo por los siete puestos (uno cada tres kilómetros, en algunos casos en el retorno se podía volver a pasar) también por la calidad humana de quienes te acercaban el vaso de agua o de bebida isotónica para que nadie tuviera que parar. Un detalle para los corredores: en la charla técnica se pidió que no se arrojen vasos en la ruta y algunos lo hicieron igual... hijos del rigor. También otra manchita para los automovilistas que, a pesar de tener un sólo carril, aceleraban innecesariamente en la ruta.

La llegada con mis compañeros, de la mano.
Creo que los 500 corredores que participaron jamás se sintieron un número más. Para la mayoría hubo cinta finisher, se los reconoció por número y se anunció su nombre por los parlantes al cruzar la meta. Se les colocó la medalla a cada uno, con las felicitaciones correspondientes, aplausos, sonrisas.

Y así como hubo mil subidas (antes de llegar al retome en el km 15, de las trepadas  más duras, un corredor nos dijo "ahí arriba está Jesús" y tenía razón), también hubo bajadas maravillosas para soltar las piernas y disfrutar. Sobre todo esa misma del inicio, la que te come las piernas en el arranque te las devuelve en el final. El sprint hasta el arco es a través de esa maravillosa bajada curva, que te deja al pie del portal, con la energía bien arriba y una sonrisa de oreja a oreja. Recuerdo la piel de gallina en el momento en que vi el arco, después de más de dos horas, y de la mano con seis compañeros (Alejandro, Melina, Marcelo y mi entrenador Pablo Pillet corrieron conmigo los 21k y en el final se sumaron Pablo y Caro) lo cruzamos. Un recuerdo imborrable.



Mención especialísima para mis compañeros de Trotadores Urbanos Diego Gastón Sánchez, Analía Mergen y Ximena Heredia que hicieron podio en sus categorías en los 10k. ¡Felicitaciones!






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