martes, 12 de noviembre de 2013

Terapia en Zapatillas

La conozco hace más de diez años. No nos vemos seguido, en esta década apenas si tuvimos una relación fluída tres o cuatro veces y nunca por más de un año. Este 2013 nos reencontramos, hacía cuatro años que no nos veíamos. En nuestras primeras charlas, le conté que había empezado a correr, que entrenaba, que estaba preparando la maratón de Buenos Aires. Le explicaba las cosas sin mucho detalle, como le hablamos los que corremos a los que no: sabemos que a veces podemos ser un poco densos con las cuestiones más técnicas y, sabiendo que íbamos a charlar mucho de cómo me había cambiado la vida desde que empecé a correr, no quise agobiarla desde el inicio.

Hasta que una mañana allá en San Telmo, me preguntó.
-Vos estás preparando los 42, ¿no? ¿Y en cuánto estás haciendo los 21?

Me pareció una pregunta demasiado específica para alguien que no sabe mucho de esto.

-¿Yo no te conté que soy maratonista?

Mis sesiones de terapia cambiaron abruptamente desde que descubrí que mi psicóloga, la misma que hace diez años veía flaquita y tonificada y que usaba unas Asics de esas que no son tu primera opción si te vas a comprar zapatillas sólo para ir al gimnasio a hacer modeladora, también es una loca de esto. Que en sus treintas, como yo, le picó este bicho y arrancó. Que se anotaba en carreras cuando eran 200 personas y no se cortaba la calle, cuando marcas que ya no existen auspiciaban los eventos para unos pocos (me contó que había unos 8k de Gatorade, por ejemplo).

Desde ese momento, nuestros inicios de sesión tienen como tema ineludible los fonditos del fin de semana,  las carreras que corrimos, el entrenamiento, dolores, anécdotas, momentos. Me ayudó a entender por qué la pasé tan mal en los 21k de Buenos Aires. Me dio consejos para la maratón que fueron muy útiles. Le hice caso y corrí los 42k sin música. Utilicé una técnica que me prestó para cuando aparecieran los primeros dolores. Me sacó presión y me aconsejó cómo disfrutarla. Me explicó por qué en algunas carreras, antes de la largada me siento tan cansada: un estado adrenérgico que es normal cuando uno está ansioso y que se va antes del primer kilómetro. Y me recomendó que ese aparente agotamiento previo, no intente contrarrestarlo saliendo rápido. "Es un error común y después la pasás mal toda la carrera".

Hoy, después de dos semanas sin vernos, volvimos a hablar de correr. Ella se volvió del Mundial de Veteranos en Porto Alegre (conté qué es acá Por amor a la camiseta) con un tercer puesto en su categoría en los 21k. Me cuenta que hizo mucho calor, que salió el sol, que no hizo una buena carrera porque se había preparado poco. Que caminó un kilómetro y no paró de disfrutar el recorrido, de mirar para los costados para llevarse cada recuerdo en sus retinas. Que fue increíble compartir el evento con gente de todo el mundo (polacos, franceses, ingleses, españoles), que se maravilló viendo a señores de 75 años hacer perfecta la técnica del salto en alto. Ella, como muchos corredores de otros tiempos, no sólo ama correr: también adora el atletismo todo. Compartimos también eso.

Se enteró, después de la siesta, que había clasificado en tercer lugar y fue a buscar su medalla, que me mostró orgullosa esta mañana de martes. La admiro. Y adoro la chance que tengo que poder contar con una psicóloga que, justamente, me entiende en la locura.

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