jueves, 27 de febrero de 2014

El que se va a Sevilla, gana una maratón

El fin de semana se corrió la XXX Maratón de Sevilla. No es la primera vez que ocurre, pero me llamó la atención que tanto en hombres como en mujeres, los ganadores fueron dos kenianos debutantes en la distancia. Por un lado Cosmas Kiplino Lagat, nombrado Pacer de la carrera, y del otro Pamela Rotich, seguida, cinco segundos por detrás, por la española Emilia Espeso, olímpica y con 41 años y una historia particular.

En el video sorprende lo sólo que corrió Lagat, luego de que sus dos adversarios se bajaran en el kilómetro 15. Metió 2h08m33, récord para la competencia. Abajo les dejo una crónica muy buena de la carrera de El diario de Sevilla y, más abajo, la historia de Espeso que conté el martes en Factor Running Radio.

Espero que lo disfruten.



¡Corre Lagat Corre!
Decenas de historias, cientos, hasta nueve mil batallas podrán contar los participantes de una cita que ayer cumplió una edad para tener en cuenta: 30 años. El Maratón de Sevilla batió el récord de inscriptos, pero la carrera va más allá. De una experiencia tan paradójica -gratificante y dolorosa, bella y amarga, sublime y tenebrosa, con risas y con llantos- cerca de diez millares de personas podrán hoy contar a sus familiares, amigos o compañeros de trabajo, quien tenga la suerte de tenerlo, su vivencia, en carne propia, de qué significa meterse entre pecho y espalda más de 42 kilómetros... ¡Cómo pesan, por cierto, los 195 metros finales!

Desde el ganador, un mozo keniano de 23 años llamado Cosmas Kiplino Lagat, debutante en la distancia, al hombre anónimo que entraba desde Trajano a la Alameda a las 14:02, cerrando con calambres por todo el cuerpo y caminando el incesante goteo de atletas desde que a las 10:51 pasara por allí el africano triunfador, también solo, cada uno con la hazaña en mente que tenían encomendadas cuando a las 9:00 se dio el pistoletazo de salida: uno quería llegar; el otro quería ganar y batir el récord de la cita hispalense.

"¡Corre, Lagat, corre!". Algo así sería el mensaje que desde la motocicleta le lanzaba el representante Miguel Ángel Mostaza al chaval keniano viendo que desde el primer momento podía reventar el récord de la prueba que en 2012 pulverizó el etíope Daniel Abera Wedajo: 2:09.53. Solomon Busendich, compatriota y compañero de entrenamientos de Lagat y vencedor el pasado año, llegaba tocado y pronto decidió instalarse en un grupo secundario formado por una docena de africanos en persecución de su amigo y del eritreo Amanuel Mesel, anunciados por la organización como liebres y que más bien corrían como galgos, a lo suyo. El segundo sí venía para tirar porque su reto estaba en preparar a fondo el laureado Maratón de Londres; el primero estaba aquí, así de simple, para ganar.

Busendich, muy retrasado respecto a la collera cabecera, no sabrá quién es Diego Martínez Barrio, ni falta que le hará aunque quizás lo aprendiera ayer, pues en la calle que lleva el nombre de un ex presidente del Gobierno español decidió rendirse y retirarse, igual que poco tiempo antes hiciera Mesel, dejando solo como la una alrededor de 15 kilómetros a Lagat. "¡Corre, Lagat, corre!".

Previamente, por el kilómetro 15, a la altura del Hospital Macarena, los dos fugados pasaban con un tiempo de 45.26, a tres minutos pelados (3.02) de media en cada mil, una barbaridad que hacía presagiar que el gordo para la organización, la plusmarca de la carrera, estaba en disposición de batirse si no había desfallecimiento por parte de Lagat. A los 21, en el medio maratón, se dejaba la garganta Javier Cabrera para informar de la mejor marca de la historia en la cita a esas alturas: 1:03.49. Ojo, 41 segundos menos que en la edición de 2013.

Los 11 que iban por detrás, a casi dos minutos y medio, ya habían perdido comba respecto a los dos que gobernaban la prueba sin piedad. Por ahí corría contra sí mismo, sin nadie arrimado para echarle un capote, el canario José Carlos Hernández, quien buscaba en la plana capital andaluza la mínima para el Europeo de Zúrich pero que se quedó con la miel en los labios por menos de 30 segundos. La paliza de ir en solitario y el riesgo por no tratar por todos los medios de alcanzar el objetivo pasaron factura en el isleño, quien sufriendo como un grande acabó noveno como mejor español.

Con 1:45.15 inició Lagat la vuelta al ruedo de la Plaza de España. Tenía menos de 29 minutos para para atravesar la meta del Estadio de la Cartuja. Por Tetúan con Rioja pasó en 1:48.23. Tic tac, tic tac, tic tac. Accedió al puente de la Barqueta tras una hora y 53 minutos de recorrido, y por las pantallas del coliseo cartujano aplaudió el público congregado al ver que le quedaban un puñado de minutos y corría ya por debajo del puente del Alamillo. Una lumbrera en los pronósticos barruntó que no batía el récord y lo machacó en un minuto y 20 segundos. El favorito que venga en 2015 y quiera arrebatarle al keniano la marca tendrá que bajar de 2:08.33. "¡Corre, Lagat, corre!", chillaba Mostaza, que al concluir dijo que "este maratón aspiraba a estar entre los mejores del mundo y ya se encuentra entre ellos".

A 17 minutos y 10 segundos del vencedor terminaba su eterno sprint su compatriota Pamela Rotich, primera entre las mujeres y que tuvo que esforzarse para que la española Elena Espeso, con el recinto animando como si fuera Abel Antón -padrino de la prueba junto a Martín Fiz-, no le diera caza en esos metros finales que Lagat había disfrutado recorriendo...


Link Original: http://www.diariodesevilla.es/article/deportes/1715698/corre/lagat/corre.html

martes, 25 de febrero de 2014

Sentite identificado [Actualizado]

[Actualización] A los tres videos que subí estos días, le agrego uno más que me pareció espectacular y que realmente me hizo emocionar con las imágenes, las palabras y la canción elegida. Espero que lo disfruten.


Una foto increíble de El Cruce. Dos videos dedicados a los que amamos esto de ponernos las zapatillas. Y, de yapa, les recomiendo el link de abajo, con un video sensacional que vale la pena ver cómo dos corredores ayudan a otro a cruzar la meta. De esto también hablamos cuando hablamos de correr.


Saludo de corredores. Elite o populares, es lo mismo.
Foto: Run and Races
The Day After the Marathon


We Are Marathoners


Medio Maratón La Cartuja 2014 (Sevilla): http://www.youtube.com/watch?v=3B-HpN0KUkQ

lunes, 24 de febrero de 2014

La foto más linda de #ElCruce2014

Algunos la llamaron la foto más linda de El Cruce. La encargada de retratarlos fue Graciela Zanitti y qué bueno que pudo hacerlo.

Yo me enteré de esta historia algunos días antes de viajar a Chile. Revisando los nombres de los equipos para armar algo para Factor Running Radio (sí, miré TODOS) encontré algunos graciosos, otros obvios, algunos curiosos y este en particular. Eran canadienses, los únicos que encontré entre tantos argentinos, brasileños, chilenos, mexicanos, venezolanos, ecuatorianos, algunos uruguayos y norteamericanos y unos pocos europeos. Además, eran una pareja mixta, lo cual hacía más fácil su identificación.

En la Etapa 1 fue bastante complicado relacionarse con otros equipos. Pero en la 2, bastante más llana, cuando entramos a la playa los reconocí. Eran ellos. THE HONEYMOONERS. Enseguida me acerqué a corroborar que fueran y, además, que realmente estuvieran de luna de miel. Y sí, confirmado.

Foto de CZ
El se llama Joel Anthony, tiene 28 años y fue quien respondió a mis preguntas, divertido por mis consultas. Julia, de 30, iba unos pasos adelante, escuchando de lejos y atenta para acotar. Ella no pareció celosa cuando me acerqué, pero él sí: cuando Julia consultó a otro corredor para saber cuánto faltaba, el bueno de Joel metió un lindo sprint para quedar a la par de su amada... Parece que en Chile, en Argentina o en Canadá, los celos son iguales...

Se casaron en agosto, que es el verano canadiense. Enamoradísimos, planearon su luna de miel en Chile, en donde iban a pasar tres semanas visitando lugares y conociendo un poco, ya que era su primer viaje a Sudamérica. Y se enteraron de la carrera y pensaron que era la mejor manera de celebrar su amor: pasando tres días en El Cruce.

Ella suele correr carreras de calle, él, en cambio, prefiere las carreras de aventura y es amante de la bicicleta. Los dos aman la naturaleza y por eso esta vez no hubo discusión: se anotaron y llegaron a Puerto Varas con sus mochilas para la travesía.

Foto de Diego Winitzky /  DW Photo
Me contaron que fue muy duro el primer día, pero que lo llevaron bien. Tardaron, según el tiempo oficial, 8h22m. El segundo día, cuando me los encontré en la playa a pleno trotecito (después los pasé cuando ellos pararon a comer), hicieron 5horas30 y el tercero 3h30, para un total de 17h23m. También me contó él que en la Columbia Británica, donde viven, suelen pelearse para ver qué se corre el fin de semana. Ella prefiere anotarse en la ciudad y a él le gusta más el barro. Sin embargo, para este viaje no hubo mucha pelea. Los dos se enloquecieron con la idea de El Cruce y, por lo que me contaron y por lo que pude ver en las fotos, lo disfrutaron mucho. Y se llevaron uno de los retratos más lindos. Una foto perfecta de una perfecta Luna de Miel.
















Las fotos son de CZ PhotoOutdoor, El Cruce (Club de Corredores) y Joel Anthony.

sábado, 22 de febrero de 2014

#ElCruce2014: tercera y última parte

Recuerdo que apenas nos subimos a los transfers después de terminar la Etapa 2 era todo alegría. Habíamos terminado bastante temprano, de tardecita, aún era de día (recién anochecía cerca de las 22 en el Sur chileno), había una temperatura agradable y, al fin, no llovía. "No te quejes vamos al campamento y no llueve ni hace frío", dijo uno sentado atrás mío en el micro. Mientras planeábamos los mates que pensábamos tomar, mi compañero y yo cometimos el grave error de ir en ómnibus separados.

Desayunando en el refugio.
El camino se fue haciendo largo, lento, aburrido. No llegábamos más. Empezamos a comer los turrones, barritas y Mogul que habían sobrado de la carrera, algunos comenzaron a sentir frío y se descompusieron. La ruta dejó de ser pavimentada y nos metimos en una zona de calle de tierra y en subida. El sol hacía un rato que se había ido y había empezado a lloviznar otra vez. Fue como el inicio de una película apocalíptica: llegamos después de tres horas, de noche, caminamos 200 metros bajo el agua pisando barro de nuevo hasta la carpa donde estaban los bolsos. Las carpas ni se veían. Los baños estaban a no menos de 200 metros. Entendimos el por qué de las linternas en la mochila. Todo era caos.

Todos mis compañeros fueron informados de la ubicación de sus carpas.
-¿Número?
-730...
-Ah, la tuya es una de las que se voló, tenés que preguntar en informes...

Arriba del camión.
Con tanto viento y lluvia y barro, las carpas del 700 en adelante fueron víctimas de una ráfaga y fue imposible estacarlas de nuevo. "Una de las opciones es que te llevemos al refugio de sky acá a 1,5k. Mañana pueden desayunar acá o allá y se vienen para la largada, que es a las 8". ¿La otra opción? "Y... Están trayendo carpas si querés, pero...". Yo no me quería ir del Camp2. Sentía esa necesidad de completar mi travesía pasara lo que pasara, pero no hubo chances. Había que ir al refugio. Pero, ¿y mi compañero?

Damián tardó más de una hora y media en llegar. Su micro se rompió, hubo que esperar otro; la ruta, que era de una sola mano, empezó a atascarse y llegaron un poco antes de la medianoche. Por suerte Marce, que también estaba solo porque su compañero se quedó esperando a Eugenia, fue trayendo comida para ambos. Fideos, pan, carne, gaseosa. Aguanté las ganas de ir a los baños porque estaba avisada que estaban al fondo, pasando las carpas, en un camino de más de dos cuadras de barro. No, gracias.

Excelente foto de Leandro Chavarría. Así se veía el Camp2.
Cuando llegó Dami, junto con Daniel Campomenosi y Gustavo Montes (#RadioTVAtaca), grabaron un poco para Buenos Aires en Carrera (va a salir un especial en Ciudad Abierta) y deglutieron un par de platos de pastas. Les fui informando de las novedades. De las carpas (a Gus y Dani también se les voló), del refugio de Antillanca, que forma parte de un centro de sky, del camión (fuimos parados en la parte de atrás de una especie de F100) que nos iba a venir a buscar para llevarnos. La parte positiva, aunque reniego un poco de eso, fue poder bañarse, desarmar esta trenza espantosa que ya se había convertido en una gran rasta y nada más.

Amanecimos después de, otra vez, un par de horas de sueño nomás. Y otra vez llovía. Y hacía frío. Nos habían informado la noche anterior que el recorrido iba a ser de 25k y que no íbamos a cruzar a Villa La Angostura, íbamos a terminar en Aguas Calientes, en El Caulle, del lado chileno. Desayunamos en el hotel lo mismo que en el camp: turrones, barritas de ceral, café con leche, mogul. Eramos un montón: durante la madrugada, muchos corredores fueron trasladados al refugio porque, con la lluvia, se habían inundado más carpas. A todos nos fueron llevando otra vez en el camión, listos para la Etapa 3.

Etapa 3

La llegada al Camp2 asustaba. Cielo entre marrón y gris, frío, todos amontonados en la carpa comedor, donde había de depositar los bolsos por última vez. Me encontré con mis compañeros de equipo que la habían pasado bastante mal por la noche, nos armamos unos hermosos trajecitos con bolsas de consorcio y otra vez a la pista...

Con la banda de Factor Running veníamos desde la Etapa 2 con los cantitos de cancha y quisimos romper con la solemnidad de la largada, en la que se notaba mucha tensión y nervios. Había una ansiedad enorme por salir pero también caras de susto porque, otra vez, el clima amenazaba con arruinarnos la mañana. Sé que el corredor en general no es muy futbolero, pero muchos se prendieron al grito de "corredores, la c.. de su madre, a ver si ponen huevos...", o "es una tarde de sol, no te lo vas a perder...". También hubo pedidos irónicos como "más barro", "Queremos 5 etapas" o el hit "hipotermia, hipotermia". Fue emocionante ver que los corredores se relajaban, se reían, se prendían... Hasta que llegaba la hora de salir...

Salimos como William Wallace gritando Freedom en Corazón Valiente. Había ganas de comer kilómetros, de terminar de una vez, de ponerle piernas a El Cruce y tener la medalla colgada del cuello. Atrás quedaban los dolores, el cansancio, los problemas de logísica: había que correr como lo que era, lo último, el final de la travesía. Confieso que fue el día que más disfruté, porque en mi cabeza tenía claro que ya estaba ahí, ya se terminaba esta hermosa locura. De alguna manera tenía esa sensación contradictoria de algo que no querés que se termine, aunque sepas que el recuerdo será eterno.

El camino inicial no fue fácil. Otra vez arena volcánica, primero en un llano y después en una subida muy empinada y lenta, justo después de pasar el refugio de Antillanca. Primero en una parte boscosa, después ya nos metimos en la zona de sky. Lo que fuimos subiendo era la pista, al costado se veía (en sentido figurado porque ya estábamos en la nube de nuevo) la aerosilla. Me alucinaba imaginarme todo eso nevado, debe ser increíble. A medida que ascendíamos, se veía menos, hacía más frío y llovía. No fue tan duro como el primer día, aunque no sé si porque estábamos más curtidos o porque realmente fue menos duro. Lo que pegaba en el cuerpo era agua nieve, tenía las calzas largas con una fina capa blanca, como nevadas. El viento era lo más duro, porque nos empujaba hacia abajo. Hasta que apareció el tobogán que nos sacaba del enorme cráter y empezó lo más lindo...

Mi cumpa, a lo Kilian...
Damián me pasó como poste: después supe que sentía algunos dolores y prefirió largarse a lo Kilian Jornet (lo aseguró él mismo en su crónica) zig zagueando la bajada negra e interminable hasta el llano. Nos detuvimos para eliminar piedritas de las zapatillas (nota mental: para la próxima serán fundamentales las polainas para evitar ese problema) y nos metimos de lleno en el bosque. Amé esta parte del recorrido.

Bambú, troncos, cascadas, lagos, barro y un tropezón que fue caída y cómo. Segunda nota mental: no hacer dos cosas a la vez cuando venís en bajada y a mucha velocidad. Nos metimos entre lo verde, saltando las raíces, esquivando ramas, pisando barro ahora con más confianza (y las zapatillas con mejores cordones que el primer día). Fui tomando confianza, empezamos a pasar gente al grito de ¡izquierda! Me encanta ese código de corredor del que deja pasar al que viene embalado y me molestan los que se ofenden. ¡Oiga! ¡Que cada uno hace su propia carrera! En este caso, confieso que la testosterona le ganó al estrógeno. Siendo mujer, los hombres me abrían el paso y las mujeres no. Y no fui a la única a la que le pasó, eh.

 Me sentía tan bien que flotaba, los pies apenas tocaban el suelo. Me di cuenta de que estaba corriendo con el palo abierto y era un peligro. Por eso no tuve mejor idea que intentar cerrarlo sin amainar la marcha. ¿Y qué pasó? Lo inevitable. Volé. Literal. Salí ejectada como Superman, aunque con un aterrizaje bastante menos elegante. Le pifié al calcular una raíz que se asomaba y mi pie izquierdo, el falladito, no se levantó lo suficiente. Conclusión: quedé tendida en el barro, hecha un ovillo pero les juro que por dentro me estaba riendo. Me imaginé volando y cómo lo debe haber visto Damián, que venía atrás mío y llegó enseguida a socorrerme junto con dos corredores que nos seguían. Cuando desenredé las piernas, sentí enseguida el golpe en la rodilla derecha (me quedó un lindo magullón, al igual que en el brazo izquierdo y un pequeño tajo en la hermosa campera Salomon). Me costó unos minutos acomodarme de nuevo, pero recuperé el ritmo al cabo de unos metros. Mirá si voy a aflojar faltando tan poco...

El GPS de Damián por suerte venía funcionando bárbaro así que podíamos ir calculando cuánto nos faltaba. Sentía a mi compañero refunfuñar por lo bajo y después supe que su tobillo le estaba mandando mensajes de texto. Hubo una parte del camino que fue más dura: en vez de barro, había piedra. Me acordé de los ejercicios de Pablo Pillet para fortalecer los tobillos y agradecí por haberlos hecho: a pesar de que amagaban a torcerse, lograba siempre estabilizarme. Pasando un puente ¡pecado! Dos chicos de la organización me pasaron un mate por adelante: "No me podés hacer esto", les dije, abstemia de mate en las últimas 72 horas. Ligué uno y seguimos, hasta escuchar un grito... ¿Qué pasó? Un corredor español tirado al costado del camino se había doblado el tobillo. Lo loco fue que le avisamos al compañero, que venía unos metros adelante. Al rato, nos pasó: "El dice que va caminando", dijo. En fin. Cada uno vive El Cruce a su manera y con sus códigos.

Entramos de nuevo al camino rural, nos dimos cuenta porque reconocimos algunos lugares que fueron claves en el arranque. Saludamos gente, golpeamos las palmas de los nenes que nos felicitaban y vimos, allá adelante, banderas. "Es un puesto de hidratación y después faltan 20 kilómetros", bromeó uno. Pero no. A los pocos metros, un corredor que venía en sentido contrario nos avisó: "Faltan 500 metros". No entendíamos nada. Por un lado fue todo felicidad, por el otro bronca: me sentía preparada para correr los 5k que faltaban. Damián me miró y no hubo que decir nada más. Aceleramos la marcha (lejos de ser un sprint, ojo), todo lo que nuestras piernas nos permitieron. Nos dimos la mano y corrimos así los últimos metros hasta llegar, unidos, como me sentí con él durante toda la travesía: ese gesto terminó de sellar esta amistad que fue naciendo kilómetro a kilómetro. No hubo palabras. Nos fundimos en un abrazo que fue un segundo pero fue eterno. Fue cansancio y fue alegría. Fue tristeza de terminar y felicidad por la tarea cumplida. Fue todo.


Lloré con ganas. Esa sensación que me prometieron después de la maratón, eso de sentirse Todopoderoso, no me llegó después de los 42. Pero me apareció acá, en Aguas Calientes, después de tres días de aventura. Me sentí llena, completa, capaz de todo. Quería abrazar al mundo. En mi cabeza se repetían las imágenes de todo lo que pasamos, el dolor, el cansancio, el frío, el hambre, la sed pero también la emoción de cada jornada, las carcajadas con los chicos, los abrazos después de cada arco. Cada corredor que cruzaba el arco transmitía un sinfin de sensaciones. Gritos, puteadas, aplausos, llanto, saltos. Es hermoso ver llegar a los que terminan, así fue que yo me enamoré de esto hace un año y medio.

Faltaba algo más: la medalla. Esperamos al resto de los Trotadores Urbanos. Primero llegaron Merengue y Maratón (Pepe y Meli), después Alejandro. Más tarde Capitán Sodio (Yaya y Daniel) junto con los Cortadores Andinos (Marce x dos). Y unos pasos detrás, Alicia y Susana (Euge y Caro). Todos juntos nos subimos al transfer, que nos dejó a 3k del arco. Caminamos (algunos ansiosos trotaron) hasta llegar, aunque las sensaciones ya las habíamos dejado en el otro arco. Foto, medalla y beso. Y todo lo que eso significa.

Relatar que llegué a Villa La Angostura recién al día siguiente a las 15, después de tener que dormir una vez más en Antillanca porque jamás llegaron los transfers y que el domingo estuvimos tres horas al costado de la ruta esperando que alguien se digne a llevarnos arruinaría el final de este relato, por eso, a pesar de que la pasamos bastante mal, quedará para otro momento.

Lo cierto es que, a dos semanas de haber terminado El Cruce, todavía lo extraño. Jamás me imaginé vivir lo que viví, sufrir lo que sufrí ni disfrutar lo que disfruté. Nunca había corrido una carrera de aventura y cuando me lo mencionaron por primera vez pensé que era una locura, que jamás podría. Días antes de la carrera, había leído el blog de Emma Roca (ganó en individual): "La montaña te prueba, te encuentra y tu te descubres". Fue algo así lo que sentí. Encontré en mí fuerza que no sabía que estaba ahí, energía, sacrificio, ganas y un poder de superación que -justamente- me superó. También encontré a un amigo, porque si hay algo que es cierto es que la montaña también profundiza sentimientos y eso me pasó con Damián. Nos conocimos en estado puro: cuando algo te duele, cuando algo te molesta y también cuando estás tan feliz que llorás. Las lágrimas de él me conmovieron porque, como las mías, estaban llenas de un montón de sensaciones que me cuesta, aún hoy, trasladar al papel.

Gracias a todos los que me apoyaron en este sueño. A Damián principalmente por la invitación, a Pablo Pillet y a Marce que me apuntalaron, a los Trotadores Urbanos que estuvieron con nosotros y los que apoyaron desde afuera. A Daniel y Gustavo de Factor Running, a todos los chicos de Club de Corredores que le pusieron toda la onda, a Diego Winitzky, Juan Izzi, Leandro Chavarría, Federico Cabello y Roni Gluck por las fotos. A Florencia Pollola. A Mariano Alvarez y TMX Team por el equipo. A Silvina Gómez y Maximiliano Villanueva por bancarse nuestros humores. Y un beso muy especial a Sebastián Tagle #modoironíaON. Ja.

Espero que lo hayan disfrutado. Nos vemos en el 2015...





Excelente video pero no se puede insertar:   http://www.youtube.com/watch?v=c4DnjJtlugs

Video resumen de las tres etapas


Gracias Florencia Pollola por cada imagen. Y felicitaciones por tu carrera. Grosa!
CRONICAS RECOMENDADAS!


lunes, 17 de febrero de 2014

#ElCruce 2014: segunda parte

Cosas que pasan en los camps...
El Camp1 fue el único que realmente pude disfrutar, en el relato se enterarán por qué. Eso también es parte de esta experiencia. Sentarte en las mesas a comer con cientos de corredores, compartir la experiencia vivida un rato antes, contar las anécdotas del día, compartir dioxaflex, actron, ketorolac para el día siguiente (y eso que yo no soy de tomar analgésicos, pero bueno).

Con las demoras en la salida y la tardanza en la Etapa 1 por la espera, muchos completaron el recorrido en más tiempo del permitido (14 minutos por kilómetro era el tope), pero no hubo descalificaciones. Sí muchos que dudaban en salir al día siguiente: “Otro día así no aguanto”. En la primera charla técnica, allá por noviembre, Tagle había avisado que la Etapa 2 era la más complicada, con una subida a 2.000 msnm, por eso la preocupación. Todos los miedos quedaron en el olvido ante el primer plato de fideos. Comimos como enajenados, recién llegados de Expedición Robinson. A saber: un plato de fideos, medio chori, un pedazo de carne, una pera, melón, sandía y un café con leche. Eran las 20, pero nadie había almorzado y menos merendado. Una hora después, seguía llegando gente. Y mi compañero aprovechó para repetir los fideos. Había que reponer fuerzas. Ponele (?).

La noche nos agarró aún abajo de la carpa comedor. El lago en el que supuestamente nos podíamos refrescar pasó a ser una leyenda, yo jamás lo vi. Había ganas de charlar sobre lo que nos había pasado. Y de saber cómo venía el viernes. Con la luz de las linternas llegó el video del Día 1 en la pantalla gigante y la charla técnica. Desayuno desde las 6, bolsos desde las 7, salida del Camp 1 desde las 8. La largada se retrasaba. Nos llamó la atención que nos recordaran que las linternas eran obligatorias en la mochila de carrera, después entenderíamos por qué. Además, ya se hablaba del cambio de recorrido.

Etapa 2
Todo el abrigo que no tuvimos para la Etapa 1 la llevamos para la 2. Viajamos en los micros algo más de una hora (uno de ellos se rompió y los corredores fueron parados hasta la largada), hasta una colina. De ahí, fueron 3k caminando y con lluvia. Con la banda de Factor Running Radio, muertos de frío, intentamos averiguar cuántos kilómetros tendría el recorrido. Primero dijeron que eran 20 de ida y 20 de vuelta. ¡40 después de los 44k del jueves! Después, el mismo Tagle comunicó que era de 23k y un carabinero nos aseguró que, hasta el lago y la playa Las Gaviotas había 11,5k de ida y 11,5 de regreso. PERO NO.

El equipo de Factor Running Radio.
Largamos casi al mediodía con un poco de cielo celeste que amagaba mostrarse. Y sí, con todo el abrigo que llevamos, era obvio: los primeros dos o tres kilómetros fueron de un lento striptease no muy sexy. Primero el piloto, después las calzas largas, hasta quedar en cortos y remera. Sol y calor y un camino con muchas subidas, largas pero secas al menos. Fue complicado porque muchos dejaron hidratación y alimento en la largada, convencidos de los 23k anunciados. Y llegaron con sed a la llegada. Y a las puteadas, claro.

Fue un recorrido absolutamente diferente al planificado: siempre bordeando la playa, no pasamos ni cerca del volcán Puntiagudo. Además, aunque no siempre te cruzabas de frente, era ida y vuelta, por lo que se repetía una buena parte del camino. A mi me costó disfrutarlo: la pierna derecha dolía en las subidas y empezó a doler en las bajadas también, cuando había que trabar, consecuencia del esfuerzo del día anterior y supongo que también las pocas horas de sueño. Confieso que para subir, además de prestar mucha atención al braceo y la respiración, copié la técnica de Paula Radcliffe (recordwoman de maratón) que conté en la radio: para no sufrir, contaba de 100 a 0 sin mirar la cima. Así, se pasaban un poco más rápido. Y parecía dolerme menos.
Subiditas.

Tras pasar una cascadita en la que me gané el apodo de #LaGarzaVillapun (bueno, soy un poco más alta que mi compañero y el agua apenas me llegaba a las rodillas), nos cruzamos con Luis Pérez, el crack que corre con alpargatas y que ya lleva un par de Cruces en el lomo. Mientras Damián trotaba y charlaba con él, yo intentaba no perder ritmo y calculaba el kilometraje. No me daban las cuentas. Habíamos pasado un cartel que anunciaba 7k hasta la playa Las Gaviotas, pero ya bordeando el Lago Rupenco, el recorrido seguía. Al pasar la tranquera, el camino se hacía de ida y vuelta en la playa (recuerdo haber pasado a una familia con un hermoso Waimaraner que le tiró un tarascón al glúteo de un corredor, por suerte sin éxito). Ya habían pasado los primeros, una pareja brasileña, Daniel Simbrón y Pablo Ureta (la dupla ganadora), algunos de mixtos y de chicas. Era un lugar ideal para los tramposos que buscaban cortar camino, y se dice que los hubo. Eso y que a varios que venían detrás los obligaban a doblar ahí (lo sé porque les pasó a Euge y Caro) aunque algunos insistieron y respetaron el recorrido y al resto de los competidores.

Hacia la derecha se abrió un camino decorado con una alfombra verde y eterna. Una subida extensa por la pradera que recorrí al grito de "¿dónde está Laura Ingalls?", por Dios era igual a Walnut Grove. Fue el momento de mayor temperatura: por fin había salido el sol y no había mucho árbol para cubrirse. Se veía hacia el horizonte una interminable fila india de mochilas que iban al mismo paso que yo. Con Damián nos tomamos un par de minutos para comer (sin parar de caminar), sacar algunas fotos y disfrutar un poco del paisaje, de los primeros que podíamos ver sin lluvia. Y, como todo lo que sube tiene que bajar, llegó la descarga para las piernas: la misma pradera pero hacia abajo (a esa altura, la pierna ya me dolía subiendo y bajando, así que me daba lo mismo).


El momento de relax llegó tras un camino boscoso: aparecimos en la costa y nos encontramos con los chicos de #RadioTVAtaca (Gus y Dani), con Merengue y Maratón (Meli y Pepe) y con Ale, que corrió solo por la lesión de su compañero un mes antes del Cruce. "Vení y meté las patas en el agua que te va a hacer bien", me dijeron y tenían razón. Fue fundamental esa sumergida, por el ánimo que me dio reirnos un poco y porque ayudó a anestesiar el dolor de rodilla (más precisamente el del tensor de la fascia lata). Ese fue el retome: según el GPS, era el kilómetro 21. Estaba claro que no serían 23...

¿Qué venía ahora? Playa. Piedritas bastante inestables para correr, como las del primer día en la largada. Aprovechamos para ponernos al día y hasta tuve tiempo para hacer una nota (que la van a ver los próximos días en el blog y también en Factor Running Radio). Con Gus y Dani se armó una charla de viejas de peluquería que mejor no reproducir, cantitos de cancha (nuestro grito de guerra con Damián era uno dedicado a All Boys que para qué ponerlo acá) y hasta competencia de sapito (si, no es en sentido figurado). Hasta que otra vez nos metimos en el bosque, a saltar charcos y trotar un poco más.
Tras pasar otra vez por la tranquera, repetimos el camino anterior. Subidas y bajadas en un camino rural hasta cruzar nuevamente la cascada, esta vez por un sector más lejano a la costa y sobre un puente. Faltaba poco, faltaban las subidas del principio, un camino de ruta, cruzar un puente de cemento (el único pedacito de concreto que pisamos por esos días) y cruzarnos con las familias lugareñas, que muy amablemente salían a las puertas de sus casas con jarras de agua fría que compartían con los corredores. De hecho, nos cruzamos con un muchacho que le había dejado un polar en la casa a unos vecinos desconocidos y lo pasó a buscar en el camino de regreso. Un crack. 

Ya estaba, tras un camino de tierra apareció el arco, sobre la izquierda. Hacía un buen rato ya que la pierna había dejado de molestar y por eso sólo caminábamos en los tramos en subida, mientras que trotábamos en los llanos y galopábamos en las bajadas y terminamos la Etapa 2 a buen ritmo. Fue una llegada feliz: había sol, mucho césped, una manguera que nos proveyó un poco de agua (no había hidratación) y muy buena energía. Los Cortadores Andinos (Marce y Marce) ya nos estaban esperando. Lástima que, tras elongar y subirnos a dos transfers (el primero recorría los 3k que habíamos hecho caminando al principio y el segundo que te llevaba al campamento), otra vez tuvimos un largo trayecto al camp2, tres horas de ruta en el que el clima volvió a cambiar y llegamos a Kosovo... Se viene la Etapa 3.
La llegada de #LaCorpo. Final de Etapa 2














Las fotos y videos son propias y de Club de Corredores.

Video de El Cruce Oficial Etapa 2


sábado, 15 de febrero de 2014

#ElCruce2014: primera parte



Busco desde hace días la manera de empezar este relato. Si lo hubiese iniciado el mismo domingo, seguro estaría inundado de enojo por las cuestiones de logísica que me tuvieron tres horas sentada al borde de la ruta con mi bolso, me hicieron perder un día de vacaciones y una reserva de hotel, entre otras cosas. Hoy, que ya pasaron unos cuantos días y creo que comienzo a dimensionar todo lo que hicimos, las sensaciones son distintas. Tampoco es que hoy todo lo que pasó fue perfecto, pero prefiero quedarme con la experiencia, la más extrema que me tocó vivir. Y también de las más increibles y maravillosas. ¿Si volvería a hacerlo? SIN DUDAS.

Me resulta imposible también dividir mi travesía en dos, porque muchas cosas que ocurrieron fueron consecuencia de lo mismo: el clima. Ojo, el primer micro de la empresa que puso Club de Corredores para traslados llegó una hora y media tarde y se rompió (lo arregló un corredor que resultó ser mecánico) y fue el martes, saliendo de Villa La Angostura y con sol. Ese día, más la tardanza en Aduana (dos horas), llegué a Puerto Varas a las 22hs, con la acreditación cerrada. Nos llevaron a comer al Liceo, un colegio enorme donde todos los pibes de la organización estaban parando. Fue el primer contacto real con El Cruce.

Mi compañero Damián Cáceres, con quien conformamos #LaCorpo (él es hombre de La Nación y yo chica de Olé) la tuvo un poco peor: llegó casi a las 23.30 del miércoles a Chile, junto con toda la comitiva de prensa que venía de Buenos Aires, incluyendo a Gustavo Montes y Daniel Campomenosi, equipo #RadioTVAtaca, amigos y compañeros de Factor Running Radio. A las 2 de la mañana, después de cenar otra vez en el Liceo, con los kits puestos, los bolsos de campamento ya entregados y una ansiedad que me desbordaba, nos fuimos a dormir al hotel Solace. Dos horas y media, pero a dormir al fin. Al otro día había que correr.

Video El Cruce que se vio en las pantallas durante la charla técnica en el Hotel Patagónico

ETAPA 1

No voy a recordar que el querido Mauri Pagliacci dijo en la cena que se esperaban 13 grados para la primera etapa. Lo mismo había dicho Tagle en la charla técnica: que iba a haber sol. Yo, porque soy cabeza dura, decidí que igual iba a arrancar de calzas largas y con el polar en el bolso. Salimos de noche después del desayuno y caminamos hasta los transfers, que estaban en la costa de la hermosa Puerto Varas. No fue un trayecto corto, pero no hubo tiempo para dormitar: había que ajustar detalles. El pelo, la gorra, atar bien las zapatillas, ver que no faltara nada. Había mucha energía en ese micro. Y, sobre todo, los primeros minutos de conciencia sobre lo que se venía…

A las 8 estábamos en la largada, una extensa playa negra con el Osorno de fondo. De haber sabido que se llamaba Paso Desolación hubiese entendido muchas cosas. Cerca de las 9.30 largamos, junto con todos los Trotadores Urbanos. Ese recorrido lento bordeando el agua, unos tres kilómetros y pico con muchos árboles caídos y bastante lento, fue la última vez que vi a los chicos. Pensar que corriendo por esas primeras subidas le dije a Damián: “Si el recorrido va a ser todo con esta arenita volcánica, va a ser un corchazo”. JA. No tenía idea.

Y no, no tenía. Creo que lo que nos pasó en los siguientes kilómetros fue lo que nos moldeó para el resto de la carrera, nada peor nos podía pasar. A medida que íbamos subiendo el filo del Osorno, llovía cada vez más. Y cada vez hacía más frío. Y había viento. Me acuerdo todavía cómo las gotas heladas me pegaban en la cara, como alfileres (después nos enteramos que la temperatura fue de 10° bajo cero). Los brazos empezaron a entumecerse, dejé de sentir los dedos, las piernas estaban frías y costaba moverlas. Confieso que sentí miedo. Miedo porque no sabía cómo y dónde terminaba esto. No se veía nada por la nube y la lluvia. Pensé cosas absurdas pero que no resultaron serlo tanto. Cuando le pregunté a Yaya y Dani, la pareja de docs del equipo, cómo comienza una hipotermia, me respondieron: “Así”. Corría revoleando los brazos para poder sentirlos y recuperar la circulación. Me asusté cuando la chica de la organización gritó: “Por favor no se queden quietos, muévanse”. Pensé que si en un vuelo uno se asusta cuando ve a la azafata desesperada, esto era más o menos lo mismo. Ríanse, pero mi mente me llevó hasta Titanic y la escena en la que Rose descubre que Jack se congeló. Pensé en qué nos podía pasar si nos quedábamos quietos.

Justo en la cima encontramos varias camionetas. Mucha gente abrió las puertas y se metió de prepo. Nos contaron que cerca de 40 parejas abandonaron en ese momento. Había desesperación y entendí que yo no era la única que tenía miedo. Decidí parar unos minutos (se lo comuniqué a Damián casi balbuceando, porque la mandíbula estaba helada y nos costaba hablar) aprovechando el reparo de los autos para ponerme el polar. Claro que ni de casualidad pude desabrocharme la mochila: los dedos no me respondían. Por suerte, uno de los dueños de las camionetas me ayudó. Hizo todo: me sacó la mochila, me dio vuelta el polar, me lo puso, me ayudó con la campera, me acomodó la ropa. Aproveché a sacar el vivac y me lo puse encima para intentar frenar el viento. Fue desesperante ver cómo se me sacudían los brazos del frío. ¿Si pensé en abandonar? No. Siento que es una semilla que una vez que la sembrás en la cabeza, crece sola y no la parás. Pero mi compañero tuvo un momento de duda. Escuchar que todo lo que venía era en bajada nos dio fuerza. Empezamos a trotar y, de a poco, volvimos a sentir el cuerpo. Claro que, una vez más , no teníamos idea de lo que se venía…

Fue una bajada hermosa. Le robamos unas tutucas (¡saladas! puaj) a otro corredor que amablemente nos convidó y las comimos como salvajes. Es que entre tanto frío lo que menos hicimos fue comer. Y habían pasado como tres horas de carrera. Una vez que agarramos una recta larga y llana, sacamos los sanguchitos de atún, para recuperar energías hasta llegar al puesto de hidratación, en el kilómetro 20. Una banana, un vaso de Gatorade y a la vuelta de la esquina… UNA SUBIDA.

Lo que vino fue tan bravo como el principio, pero a otro nivel. Barro como nunca antes vi. Barro en subida y barro en bajada. Barro hasta la rodilla, barro que te noquea, barro y barro. Barros Schelotto, Barrocutina, Barreda, Barroso. Los que quieras, estaban todos ahí. Primer tip: jamás voy a volver a usar los cordones elásticos de las Asics. Nunca se me salieron tanto las zapatillas. El barro hacía efecto sopapa y terminé pisando varias veces en medias (y lo que me costaba despegar las zapas). Si no hay peor cosa que pisar caca descalzo, esto se le pareció bastante.
Esta foto también es del día siguiente,
pero sirve para ver cómo fue...

Pero el barro tampoco  fue lo peor de la Etapa 1. Lo peor fue la espera. Como en la ruta, de a poco el camino, que tenía una sola mano y era por un bosque, se fue volviendo lento hasta que el tránsito se detuvo. Con el frío en los huesos y la lluviecita que insistía, estuvimos una hora y media paraditos, sin saber qué pasaba. Nunca vamos a saber si esa bajada empinada tenía otro sistema para pasarla (algunos dijeron que se rompió una soga), la cuestión es que no era nada fácil. Había que colgarse de las cañas de bambú o mandarse por el medio en el barro para caer en un pequeño lago. El propio Sebastián Tagle, embarrado hasta las rodillas, daba indicaciones para intentar que la gente pasara más rápido. En mi turno hubo una chica con una crisis y un par de pánfilos que bajaban con los palos abiertos y en la mano, golpeando a todos a su paso. Damián no dudó: se mandó por el medio, haciendo culopatín y rezando para aterrizar enteros el otro lado.

Fue duro volver a calentar las piernas, los músculos estaban doloridos por el frío y la quietud. No fue la única espera, tuvimos otros tramos de diez minutos en bajadas también peligrosas, hasta que de nuevo, pese al barro, volvimos a agarrar ritmo. Pasamos un alambre de púa, subimos una colina desde la que se vieron por primera vez las carpas… Faltaban como 5k de un recorrido que tuvo finalmente 44. Esa sensación de saber que faltaba poco para llegar fue hermosa.

CAMP 1 Esta foto es del día
siguiente, cuando corrieron
los individuales.
Allá adelante, el arco
Yo no quería más. Hacía rato que el viejo desgarro de la pierna izquierda y el tensor de la fascia lata de la misma pierna me estaban haciendo ver las estrellas. Y eso que mi pierna "floja" es la derecha. A 400 metros, por un llano, por fin vimos  la llegada. Dami no paraba de alentarme: “Vamos, Negra, ¿ lo ves el arco?”. Habíamos visto vacas, pavos, gallinas, caballos, cabras y, por fin, el arco. Del otro lado de la ruta, con dos carabineros que cortaron el paso de los autos para dejarnos pasar. Fue emocionante cruzarlo, terminar esa odisea y hasta con una sonrisa y un grito de desahogo. La parte más difícil estaba adentro. Pero faltaban dos.

Fotos de Terra, Club de Corredores, Guía Km0 y propias.

Video oficial de El Cruce Etapa 1





Un video del día siguiente, cuando pasaron los inviduales y tenían sol, pero para que dimensionen el barro: 
https://www.facebook.com/photo.php?v=10202593841440389&set=vb.1627448045&type=2&theater