sábado, 15 de febrero de 2014

#ElCruce2014: primera parte



Busco desde hace días la manera de empezar este relato. Si lo hubiese iniciado el mismo domingo, seguro estaría inundado de enojo por las cuestiones de logísica que me tuvieron tres horas sentada al borde de la ruta con mi bolso, me hicieron perder un día de vacaciones y una reserva de hotel, entre otras cosas. Hoy, que ya pasaron unos cuantos días y creo que comienzo a dimensionar todo lo que hicimos, las sensaciones son distintas. Tampoco es que hoy todo lo que pasó fue perfecto, pero prefiero quedarme con la experiencia, la más extrema que me tocó vivir. Y también de las más increibles y maravillosas. ¿Si volvería a hacerlo? SIN DUDAS.

Me resulta imposible también dividir mi travesía en dos, porque muchas cosas que ocurrieron fueron consecuencia de lo mismo: el clima. Ojo, el primer micro de la empresa que puso Club de Corredores para traslados llegó una hora y media tarde y se rompió (lo arregló un corredor que resultó ser mecánico) y fue el martes, saliendo de Villa La Angostura y con sol. Ese día, más la tardanza en Aduana (dos horas), llegué a Puerto Varas a las 22hs, con la acreditación cerrada. Nos llevaron a comer al Liceo, un colegio enorme donde todos los pibes de la organización estaban parando. Fue el primer contacto real con El Cruce.

Mi compañero Damián Cáceres, con quien conformamos #LaCorpo (él es hombre de La Nación y yo chica de Olé) la tuvo un poco peor: llegó casi a las 23.30 del miércoles a Chile, junto con toda la comitiva de prensa que venía de Buenos Aires, incluyendo a Gustavo Montes y Daniel Campomenosi, equipo #RadioTVAtaca, amigos y compañeros de Factor Running Radio. A las 2 de la mañana, después de cenar otra vez en el Liceo, con los kits puestos, los bolsos de campamento ya entregados y una ansiedad que me desbordaba, nos fuimos a dormir al hotel Solace. Dos horas y media, pero a dormir al fin. Al otro día había que correr.

Video El Cruce que se vio en las pantallas durante la charla técnica en el Hotel Patagónico

ETAPA 1

No voy a recordar que el querido Mauri Pagliacci dijo en la cena que se esperaban 13 grados para la primera etapa. Lo mismo había dicho Tagle en la charla técnica: que iba a haber sol. Yo, porque soy cabeza dura, decidí que igual iba a arrancar de calzas largas y con el polar en el bolso. Salimos de noche después del desayuno y caminamos hasta los transfers, que estaban en la costa de la hermosa Puerto Varas. No fue un trayecto corto, pero no hubo tiempo para dormitar: había que ajustar detalles. El pelo, la gorra, atar bien las zapatillas, ver que no faltara nada. Había mucha energía en ese micro. Y, sobre todo, los primeros minutos de conciencia sobre lo que se venía…

A las 8 estábamos en la largada, una extensa playa negra con el Osorno de fondo. De haber sabido que se llamaba Paso Desolación hubiese entendido muchas cosas. Cerca de las 9.30 largamos, junto con todos los Trotadores Urbanos. Ese recorrido lento bordeando el agua, unos tres kilómetros y pico con muchos árboles caídos y bastante lento, fue la última vez que vi a los chicos. Pensar que corriendo por esas primeras subidas le dije a Damián: “Si el recorrido va a ser todo con esta arenita volcánica, va a ser un corchazo”. JA. No tenía idea.

Y no, no tenía. Creo que lo que nos pasó en los siguientes kilómetros fue lo que nos moldeó para el resto de la carrera, nada peor nos podía pasar. A medida que íbamos subiendo el filo del Osorno, llovía cada vez más. Y cada vez hacía más frío. Y había viento. Me acuerdo todavía cómo las gotas heladas me pegaban en la cara, como alfileres (después nos enteramos que la temperatura fue de 10° bajo cero). Los brazos empezaron a entumecerse, dejé de sentir los dedos, las piernas estaban frías y costaba moverlas. Confieso que sentí miedo. Miedo porque no sabía cómo y dónde terminaba esto. No se veía nada por la nube y la lluvia. Pensé cosas absurdas pero que no resultaron serlo tanto. Cuando le pregunté a Yaya y Dani, la pareja de docs del equipo, cómo comienza una hipotermia, me respondieron: “Así”. Corría revoleando los brazos para poder sentirlos y recuperar la circulación. Me asusté cuando la chica de la organización gritó: “Por favor no se queden quietos, muévanse”. Pensé que si en un vuelo uno se asusta cuando ve a la azafata desesperada, esto era más o menos lo mismo. Ríanse, pero mi mente me llevó hasta Titanic y la escena en la que Rose descubre que Jack se congeló. Pensé en qué nos podía pasar si nos quedábamos quietos.

Justo en la cima encontramos varias camionetas. Mucha gente abrió las puertas y se metió de prepo. Nos contaron que cerca de 40 parejas abandonaron en ese momento. Había desesperación y entendí que yo no era la única que tenía miedo. Decidí parar unos minutos (se lo comuniqué a Damián casi balbuceando, porque la mandíbula estaba helada y nos costaba hablar) aprovechando el reparo de los autos para ponerme el polar. Claro que ni de casualidad pude desabrocharme la mochila: los dedos no me respondían. Por suerte, uno de los dueños de las camionetas me ayudó. Hizo todo: me sacó la mochila, me dio vuelta el polar, me lo puso, me ayudó con la campera, me acomodó la ropa. Aproveché a sacar el vivac y me lo puse encima para intentar frenar el viento. Fue desesperante ver cómo se me sacudían los brazos del frío. ¿Si pensé en abandonar? No. Siento que es una semilla que una vez que la sembrás en la cabeza, crece sola y no la parás. Pero mi compañero tuvo un momento de duda. Escuchar que todo lo que venía era en bajada nos dio fuerza. Empezamos a trotar y, de a poco, volvimos a sentir el cuerpo. Claro que, una vez más , no teníamos idea de lo que se venía…

Fue una bajada hermosa. Le robamos unas tutucas (¡saladas! puaj) a otro corredor que amablemente nos convidó y las comimos como salvajes. Es que entre tanto frío lo que menos hicimos fue comer. Y habían pasado como tres horas de carrera. Una vez que agarramos una recta larga y llana, sacamos los sanguchitos de atún, para recuperar energías hasta llegar al puesto de hidratación, en el kilómetro 20. Una banana, un vaso de Gatorade y a la vuelta de la esquina… UNA SUBIDA.

Lo que vino fue tan bravo como el principio, pero a otro nivel. Barro como nunca antes vi. Barro en subida y barro en bajada. Barro hasta la rodilla, barro que te noquea, barro y barro. Barros Schelotto, Barrocutina, Barreda, Barroso. Los que quieras, estaban todos ahí. Primer tip: jamás voy a volver a usar los cordones elásticos de las Asics. Nunca se me salieron tanto las zapatillas. El barro hacía efecto sopapa y terminé pisando varias veces en medias (y lo que me costaba despegar las zapas). Si no hay peor cosa que pisar caca descalzo, esto se le pareció bastante.
Esta foto también es del día siguiente,
pero sirve para ver cómo fue...

Pero el barro tampoco  fue lo peor de la Etapa 1. Lo peor fue la espera. Como en la ruta, de a poco el camino, que tenía una sola mano y era por un bosque, se fue volviendo lento hasta que el tránsito se detuvo. Con el frío en los huesos y la lluviecita que insistía, estuvimos una hora y media paraditos, sin saber qué pasaba. Nunca vamos a saber si esa bajada empinada tenía otro sistema para pasarla (algunos dijeron que se rompió una soga), la cuestión es que no era nada fácil. Había que colgarse de las cañas de bambú o mandarse por el medio en el barro para caer en un pequeño lago. El propio Sebastián Tagle, embarrado hasta las rodillas, daba indicaciones para intentar que la gente pasara más rápido. En mi turno hubo una chica con una crisis y un par de pánfilos que bajaban con los palos abiertos y en la mano, golpeando a todos a su paso. Damián no dudó: se mandó por el medio, haciendo culopatín y rezando para aterrizar enteros el otro lado.

Fue duro volver a calentar las piernas, los músculos estaban doloridos por el frío y la quietud. No fue la única espera, tuvimos otros tramos de diez minutos en bajadas también peligrosas, hasta que de nuevo, pese al barro, volvimos a agarrar ritmo. Pasamos un alambre de púa, subimos una colina desde la que se vieron por primera vez las carpas… Faltaban como 5k de un recorrido que tuvo finalmente 44. Esa sensación de saber que faltaba poco para llegar fue hermosa.

CAMP 1 Esta foto es del día
siguiente, cuando corrieron
los individuales.
Allá adelante, el arco
Yo no quería más. Hacía rato que el viejo desgarro de la pierna izquierda y el tensor de la fascia lata de la misma pierna me estaban haciendo ver las estrellas. Y eso que mi pierna "floja" es la derecha. A 400 metros, por un llano, por fin vimos  la llegada. Dami no paraba de alentarme: “Vamos, Negra, ¿ lo ves el arco?”. Habíamos visto vacas, pavos, gallinas, caballos, cabras y, por fin, el arco. Del otro lado de la ruta, con dos carabineros que cortaron el paso de los autos para dejarnos pasar. Fue emocionante cruzarlo, terminar esa odisea y hasta con una sonrisa y un grito de desahogo. La parte más difícil estaba adentro. Pero faltaban dos.

Fotos de Terra, Club de Corredores, Guía Km0 y propias.

Video oficial de El Cruce Etapa 1





Un video del día siguiente, cuando pasaron los inviduales y tenían sol, pero para que dimensionen el barro: 
https://www.facebook.com/photo.php?v=10202593841440389&set=vb.1627448045&type=2&theater


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