sábado, 22 de febrero de 2014

#ElCruce2014: tercera y última parte

Recuerdo que apenas nos subimos a los transfers después de terminar la Etapa 2 era todo alegría. Habíamos terminado bastante temprano, de tardecita, aún era de día (recién anochecía cerca de las 22 en el Sur chileno), había una temperatura agradable y, al fin, no llovía. "No te quejes vamos al campamento y no llueve ni hace frío", dijo uno sentado atrás mío en el micro. Mientras planeábamos los mates que pensábamos tomar, mi compañero y yo cometimos el grave error de ir en ómnibus separados.

Desayunando en el refugio.
El camino se fue haciendo largo, lento, aburrido. No llegábamos más. Empezamos a comer los turrones, barritas y Mogul que habían sobrado de la carrera, algunos comenzaron a sentir frío y se descompusieron. La ruta dejó de ser pavimentada y nos metimos en una zona de calle de tierra y en subida. El sol hacía un rato que se había ido y había empezado a lloviznar otra vez. Fue como el inicio de una película apocalíptica: llegamos después de tres horas, de noche, caminamos 200 metros bajo el agua pisando barro de nuevo hasta la carpa donde estaban los bolsos. Las carpas ni se veían. Los baños estaban a no menos de 200 metros. Entendimos el por qué de las linternas en la mochila. Todo era caos.

Todos mis compañeros fueron informados de la ubicación de sus carpas.
-¿Número?
-730...
-Ah, la tuya es una de las que se voló, tenés que preguntar en informes...

Arriba del camión.
Con tanto viento y lluvia y barro, las carpas del 700 en adelante fueron víctimas de una ráfaga y fue imposible estacarlas de nuevo. "Una de las opciones es que te llevemos al refugio de sky acá a 1,5k. Mañana pueden desayunar acá o allá y se vienen para la largada, que es a las 8". ¿La otra opción? "Y... Están trayendo carpas si querés, pero...". Yo no me quería ir del Camp2. Sentía esa necesidad de completar mi travesía pasara lo que pasara, pero no hubo chances. Había que ir al refugio. Pero, ¿y mi compañero?

Damián tardó más de una hora y media en llegar. Su micro se rompió, hubo que esperar otro; la ruta, que era de una sola mano, empezó a atascarse y llegaron un poco antes de la medianoche. Por suerte Marce, que también estaba solo porque su compañero se quedó esperando a Eugenia, fue trayendo comida para ambos. Fideos, pan, carne, gaseosa. Aguanté las ganas de ir a los baños porque estaba avisada que estaban al fondo, pasando las carpas, en un camino de más de dos cuadras de barro. No, gracias.

Excelente foto de Leandro Chavarría. Así se veía el Camp2.
Cuando llegó Dami, junto con Daniel Campomenosi y Gustavo Montes (#RadioTVAtaca), grabaron un poco para Buenos Aires en Carrera (va a salir un especial en Ciudad Abierta) y deglutieron un par de platos de pastas. Les fui informando de las novedades. De las carpas (a Gus y Dani también se les voló), del refugio de Antillanca, que forma parte de un centro de sky, del camión (fuimos parados en la parte de atrás de una especie de F100) que nos iba a venir a buscar para llevarnos. La parte positiva, aunque reniego un poco de eso, fue poder bañarse, desarmar esta trenza espantosa que ya se había convertido en una gran rasta y nada más.

Amanecimos después de, otra vez, un par de horas de sueño nomás. Y otra vez llovía. Y hacía frío. Nos habían informado la noche anterior que el recorrido iba a ser de 25k y que no íbamos a cruzar a Villa La Angostura, íbamos a terminar en Aguas Calientes, en El Caulle, del lado chileno. Desayunamos en el hotel lo mismo que en el camp: turrones, barritas de ceral, café con leche, mogul. Eramos un montón: durante la madrugada, muchos corredores fueron trasladados al refugio porque, con la lluvia, se habían inundado más carpas. A todos nos fueron llevando otra vez en el camión, listos para la Etapa 3.

Etapa 3

La llegada al Camp2 asustaba. Cielo entre marrón y gris, frío, todos amontonados en la carpa comedor, donde había de depositar los bolsos por última vez. Me encontré con mis compañeros de equipo que la habían pasado bastante mal por la noche, nos armamos unos hermosos trajecitos con bolsas de consorcio y otra vez a la pista...

Con la banda de Factor Running veníamos desde la Etapa 2 con los cantitos de cancha y quisimos romper con la solemnidad de la largada, en la que se notaba mucha tensión y nervios. Había una ansiedad enorme por salir pero también caras de susto porque, otra vez, el clima amenazaba con arruinarnos la mañana. Sé que el corredor en general no es muy futbolero, pero muchos se prendieron al grito de "corredores, la c.. de su madre, a ver si ponen huevos...", o "es una tarde de sol, no te lo vas a perder...". También hubo pedidos irónicos como "más barro", "Queremos 5 etapas" o el hit "hipotermia, hipotermia". Fue emocionante ver que los corredores se relajaban, se reían, se prendían... Hasta que llegaba la hora de salir...

Salimos como William Wallace gritando Freedom en Corazón Valiente. Había ganas de comer kilómetros, de terminar de una vez, de ponerle piernas a El Cruce y tener la medalla colgada del cuello. Atrás quedaban los dolores, el cansancio, los problemas de logísica: había que correr como lo que era, lo último, el final de la travesía. Confieso que fue el día que más disfruté, porque en mi cabeza tenía claro que ya estaba ahí, ya se terminaba esta hermosa locura. De alguna manera tenía esa sensación contradictoria de algo que no querés que se termine, aunque sepas que el recuerdo será eterno.

El camino inicial no fue fácil. Otra vez arena volcánica, primero en un llano y después en una subida muy empinada y lenta, justo después de pasar el refugio de Antillanca. Primero en una parte boscosa, después ya nos metimos en la zona de sky. Lo que fuimos subiendo era la pista, al costado se veía (en sentido figurado porque ya estábamos en la nube de nuevo) la aerosilla. Me alucinaba imaginarme todo eso nevado, debe ser increíble. A medida que ascendíamos, se veía menos, hacía más frío y llovía. No fue tan duro como el primer día, aunque no sé si porque estábamos más curtidos o porque realmente fue menos duro. Lo que pegaba en el cuerpo era agua nieve, tenía las calzas largas con una fina capa blanca, como nevadas. El viento era lo más duro, porque nos empujaba hacia abajo. Hasta que apareció el tobogán que nos sacaba del enorme cráter y empezó lo más lindo...

Mi cumpa, a lo Kilian...
Damián me pasó como poste: después supe que sentía algunos dolores y prefirió largarse a lo Kilian Jornet (lo aseguró él mismo en su crónica) zig zagueando la bajada negra e interminable hasta el llano. Nos detuvimos para eliminar piedritas de las zapatillas (nota mental: para la próxima serán fundamentales las polainas para evitar ese problema) y nos metimos de lleno en el bosque. Amé esta parte del recorrido.

Bambú, troncos, cascadas, lagos, barro y un tropezón que fue caída y cómo. Segunda nota mental: no hacer dos cosas a la vez cuando venís en bajada y a mucha velocidad. Nos metimos entre lo verde, saltando las raíces, esquivando ramas, pisando barro ahora con más confianza (y las zapatillas con mejores cordones que el primer día). Fui tomando confianza, empezamos a pasar gente al grito de ¡izquierda! Me encanta ese código de corredor del que deja pasar al que viene embalado y me molestan los que se ofenden. ¡Oiga! ¡Que cada uno hace su propia carrera! En este caso, confieso que la testosterona le ganó al estrógeno. Siendo mujer, los hombres me abrían el paso y las mujeres no. Y no fui a la única a la que le pasó, eh.

 Me sentía tan bien que flotaba, los pies apenas tocaban el suelo. Me di cuenta de que estaba corriendo con el palo abierto y era un peligro. Por eso no tuve mejor idea que intentar cerrarlo sin amainar la marcha. ¿Y qué pasó? Lo inevitable. Volé. Literal. Salí ejectada como Superman, aunque con un aterrizaje bastante menos elegante. Le pifié al calcular una raíz que se asomaba y mi pie izquierdo, el falladito, no se levantó lo suficiente. Conclusión: quedé tendida en el barro, hecha un ovillo pero les juro que por dentro me estaba riendo. Me imaginé volando y cómo lo debe haber visto Damián, que venía atrás mío y llegó enseguida a socorrerme junto con dos corredores que nos seguían. Cuando desenredé las piernas, sentí enseguida el golpe en la rodilla derecha (me quedó un lindo magullón, al igual que en el brazo izquierdo y un pequeño tajo en la hermosa campera Salomon). Me costó unos minutos acomodarme de nuevo, pero recuperé el ritmo al cabo de unos metros. Mirá si voy a aflojar faltando tan poco...

El GPS de Damián por suerte venía funcionando bárbaro así que podíamos ir calculando cuánto nos faltaba. Sentía a mi compañero refunfuñar por lo bajo y después supe que su tobillo le estaba mandando mensajes de texto. Hubo una parte del camino que fue más dura: en vez de barro, había piedra. Me acordé de los ejercicios de Pablo Pillet para fortalecer los tobillos y agradecí por haberlos hecho: a pesar de que amagaban a torcerse, lograba siempre estabilizarme. Pasando un puente ¡pecado! Dos chicos de la organización me pasaron un mate por adelante: "No me podés hacer esto", les dije, abstemia de mate en las últimas 72 horas. Ligué uno y seguimos, hasta escuchar un grito... ¿Qué pasó? Un corredor español tirado al costado del camino se había doblado el tobillo. Lo loco fue que le avisamos al compañero, que venía unos metros adelante. Al rato, nos pasó: "El dice que va caminando", dijo. En fin. Cada uno vive El Cruce a su manera y con sus códigos.

Entramos de nuevo al camino rural, nos dimos cuenta porque reconocimos algunos lugares que fueron claves en el arranque. Saludamos gente, golpeamos las palmas de los nenes que nos felicitaban y vimos, allá adelante, banderas. "Es un puesto de hidratación y después faltan 20 kilómetros", bromeó uno. Pero no. A los pocos metros, un corredor que venía en sentido contrario nos avisó: "Faltan 500 metros". No entendíamos nada. Por un lado fue todo felicidad, por el otro bronca: me sentía preparada para correr los 5k que faltaban. Damián me miró y no hubo que decir nada más. Aceleramos la marcha (lejos de ser un sprint, ojo), todo lo que nuestras piernas nos permitieron. Nos dimos la mano y corrimos así los últimos metros hasta llegar, unidos, como me sentí con él durante toda la travesía: ese gesto terminó de sellar esta amistad que fue naciendo kilómetro a kilómetro. No hubo palabras. Nos fundimos en un abrazo que fue un segundo pero fue eterno. Fue cansancio y fue alegría. Fue tristeza de terminar y felicidad por la tarea cumplida. Fue todo.


Lloré con ganas. Esa sensación que me prometieron después de la maratón, eso de sentirse Todopoderoso, no me llegó después de los 42. Pero me apareció acá, en Aguas Calientes, después de tres días de aventura. Me sentí llena, completa, capaz de todo. Quería abrazar al mundo. En mi cabeza se repetían las imágenes de todo lo que pasamos, el dolor, el cansancio, el frío, el hambre, la sed pero también la emoción de cada jornada, las carcajadas con los chicos, los abrazos después de cada arco. Cada corredor que cruzaba el arco transmitía un sinfin de sensaciones. Gritos, puteadas, aplausos, llanto, saltos. Es hermoso ver llegar a los que terminan, así fue que yo me enamoré de esto hace un año y medio.

Faltaba algo más: la medalla. Esperamos al resto de los Trotadores Urbanos. Primero llegaron Merengue y Maratón (Pepe y Meli), después Alejandro. Más tarde Capitán Sodio (Yaya y Daniel) junto con los Cortadores Andinos (Marce x dos). Y unos pasos detrás, Alicia y Susana (Euge y Caro). Todos juntos nos subimos al transfer, que nos dejó a 3k del arco. Caminamos (algunos ansiosos trotaron) hasta llegar, aunque las sensaciones ya las habíamos dejado en el otro arco. Foto, medalla y beso. Y todo lo que eso significa.

Relatar que llegué a Villa La Angostura recién al día siguiente a las 15, después de tener que dormir una vez más en Antillanca porque jamás llegaron los transfers y que el domingo estuvimos tres horas al costado de la ruta esperando que alguien se digne a llevarnos arruinaría el final de este relato, por eso, a pesar de que la pasamos bastante mal, quedará para otro momento.

Lo cierto es que, a dos semanas de haber terminado El Cruce, todavía lo extraño. Jamás me imaginé vivir lo que viví, sufrir lo que sufrí ni disfrutar lo que disfruté. Nunca había corrido una carrera de aventura y cuando me lo mencionaron por primera vez pensé que era una locura, que jamás podría. Días antes de la carrera, había leído el blog de Emma Roca (ganó en individual): "La montaña te prueba, te encuentra y tu te descubres". Fue algo así lo que sentí. Encontré en mí fuerza que no sabía que estaba ahí, energía, sacrificio, ganas y un poder de superación que -justamente- me superó. También encontré a un amigo, porque si hay algo que es cierto es que la montaña también profundiza sentimientos y eso me pasó con Damián. Nos conocimos en estado puro: cuando algo te duele, cuando algo te molesta y también cuando estás tan feliz que llorás. Las lágrimas de él me conmovieron porque, como las mías, estaban llenas de un montón de sensaciones que me cuesta, aún hoy, trasladar al papel.

Gracias a todos los que me apoyaron en este sueño. A Damián principalmente por la invitación, a Pablo Pillet y a Marce que me apuntalaron, a los Trotadores Urbanos que estuvieron con nosotros y los que apoyaron desde afuera. A Daniel y Gustavo de Factor Running, a todos los chicos de Club de Corredores que le pusieron toda la onda, a Diego Winitzky, Juan Izzi, Leandro Chavarría, Federico Cabello y Roni Gluck por las fotos. A Florencia Pollola. A Mariano Alvarez y TMX Team por el equipo. A Silvina Gómez y Maximiliano Villanueva por bancarse nuestros humores. Y un beso muy especial a Sebastián Tagle #modoironíaON. Ja.

Espero que lo hayan disfrutado. Nos vemos en el 2015...





Excelente video pero no se puede insertar:   http://www.youtube.com/watch?v=c4DnjJtlugs

Video resumen de las tres etapas


Gracias Florencia Pollola por cada imagen. Y felicitaciones por tu carrera. Grosa!
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