miércoles, 25 de febrero de 2015

El Origen, día I - El cielo es el próximo paso

La montaña sirve para entenderse a uno mismo de la manera más natural y viva posible.

Emma Roca define así a la montaña. Y todos quienes alguna vez hicieron cumbre en algún cerro, alcanzaron un regufio, clavaron sus bastones para seguir subiendo, de alguna manera deben coincidir con ella. La montaña puede ser una amiga fiel y compañera o puede ser una enemiga, dependiendo de la preparación y de cuánto se animen a desafiarla o subestimarla. Puede ser aliada en el disfrute o la enemiga de los pies.  Pero nunca pasa inadvertida.


Dos de las tres etapas de la cuarta edición de El Origen tuvieron como eje la montaña. En el día 1, el recorrido llegó al Mermoud, pasando por el Colorado, el Cajón Negro, el falso Belvedere y el lago y río Correntoso. El segundo, tuvo un toque especial: fue la primera vez que una carrera pasó por el refugio e hizo cumbre en El Dormilón. Y el tercero, después de los miradores del Quetrihué y sus escalones para gigantes, fue tiempo de pisar un poco y recorrer el Bosque de Arrayanes hasta su extremo. Tres jornadas que no sumaron 100k (cuantitativos, pero si cualitativos) pero no importó, porque la exigencia en el ascenso fue la protagonista y porque cada recorrido tiene su por qué y su lógica, más allá de la distancia.


"Esto no me lo genera la calle", se escucha de alguien que llega a la cumbre del cerro con una sonrisa en la cara más allá del cansancio. La expresión de la mayoría es la misma: satisfacción plena dibujada en los rostros. Pese al arenal, a tener las piernas metidas hasta las pantorrillas en arena volcánica que se cuela por la capellada de la zapatilla más técnica, pese a que el sol pega duro y el casco obligatorio termina siendo un aliado para evitar el contacto con los rayos UV, pese a que alguna polaina se perdió en el camino y las mogul se derriten en los bolsillos de las mochilas, hay caras felices. Lejos quedó esa largada casi familiar en el centro de la Villa, con todos los corredores ajustando detalles, haciendo arengas, atando por enésima vez los cordones para evitar que la zapatilla quede demasiado suelta o demasiado ajustada. Atrás quedó ese sendero en subida de 3k que calentó las piernas para lo que vino, ya es apenas un recuerdo...


Duelen los ojos cuando, después de alcanzar una pequeña meta, un pico, al alzar la mirada hay otra más, y otra, y otra y la subida parece interminable. Se mezcla el suelo de laja con la arenilla que hace patinar las suelas, aguantan los cuadriceps aunque piden basta cada vez que hay que pegar el envión para subir un poco más. Pero arriba, allá, donde el cielo parece ser el próximo paso, todo valió la pena.   

Para cualquier punto cardinal en el que se dirija la mirada hay belleza. Belleza en el dorado de la ceniza, esa que hace cuatro años entristeció a la Villa cuando el volcán Puyehue hizo de las suyas. Belleza en el Nahuel Huapi que vigila todo desde abajo. Belleza en los cerros adyacentes que esperan ser recorridos también alguna vez. Belleza, insuperable, en el cóndor (en realidad fueron dos) que zurcan el cielo diáfano y hasta general algún atisbo de miedo. ("Mejor que no bajen").

"Dale, nos vemos en la cumbre en dos horas", dice el guía con su handy pegado a la sien y se divierte con las caras de susto de quienes van subiendo y no quieren más. Se sabe, por ley casi, que a los colaboradores de carreras de montaña no hay que creerles ni sus datos personales. No faltaba tanto, aunque el esfuerzo se sintió parecido. Y aunque la tentación de la bajada estaba a un paso, la mayoría de los que no peleaban en punta prefirió la foto, quedarse mirando el paisaje, comer algo al pasar o tan solo descansar. Porque aunque supuestamente se iniciaba el descenso, aún quedaban algunas subidas por superar.


El llano de laja y tierra calmó el fuego de las piernas, que parecían estar pisando brasas calientes. Llegó el momento en el que los nudillos golpearon la punta del calzado, que busca hacer tope mientras desciende y a veces no lo logra y la caída de culo duele y raspa y llena el alma de polvo, pero no detiene la marcha. Las zapatillas quedan decoradas cuales árboles navideños de cardos y alguno también se sube a la media de compresión, que gracias al cielo está ahí...


El descenso se da por esos filos en los que no hay que pensar: mirar para abajo asusta por lo lejos que está el suelo y una pisada en falso hace subir las pulsaciones a mil. El drone que filma suena como un tábano gigante (aunque a éste no se lo aleja con el bastón porque sale un poco más caro) pero no vale distraerse saludando a cámara, eso puede quedar para el llano.

El Cajón Negro aparece como un oasis: agua y un par de minutos para refrescarse, acomodar la ropa, retomar el aliento antes del final, que sorprenderá con un coastering furioso de canto rodado hasta el camping Inacayal. Se cargan las caramañolas porque queda poco pero el sol no afloja y hay que meterle. "Sólo queda la subida al camping", advierten una vez más entre mentira y verdad. Es cierto: la bajada se hace veloz y constante, y después de jugar a la rayuela con el canto rodado movedizo bajo la suela, pasar por los muelles a plena duda ("¿Seguro que es por acá?") se ve a lo lejos a los tempraneros, a los rapiditos y a los de los 50k que ya aflojan las piernas a orillas del Huapí. Pero no se ve el arco. Y no, porque el arco está arriba, 300 metros más lejos, que hay que subir otra vez aspirando polvo y dejando fuerza para ese último sprint, ya en césped, con el grito del locutor que entusiasma y da algo más de aire. Y la gente aplaude, porque son muchos los que están ahí, nadie se va, no se mueven, esperan hasta al último, que llega y se zambulle, no importa que se haya perdido. Porque lo importante es llegar, no el tiempo. Y ese plato de fideos, que tiene gusto a mucho por el hambre y el cansancio, es la medalla del día 1.

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