jueves, 12 de marzo de 2015

El Origen Día II: Caminata lunar

El dulce de leche.
A lo emotivo del video resumen del Día I y el compilado de excelentes fotos de Paz/Tucuna/Melideo, a lo preocupante de la charla técnica anunciando 15k de coastering -palabra de moda que se repetirá demasiadas veces en las tres etapas-, hay que sumarle un punto a favor de la organización: el dulce de leche del postre nocturno y del desayuno previo al traslado al camping del Brazo Rincón. Una motivación extra, un impulso, una caricia, aunque haya estado lejos de pertenecer a una dieta estrictamente runner previo a una carrera. Eso también valió la pena.

La voz de la doctora la noche anterior aún resuena en la cabeza. Seguro que para quienes le hicieron caso, su voz es un alivio y para quienes no, es un reproche. El consejo de cambiarse las medias una vez que se mojaron al cruzar los paredones de la isla Menéndez camino al Puesto Martínez terminó siendo un acierto. Porque hubo que meter las patas -sí, las patas- en el agua para inaugurar un camino que no tenía precedentes: por pedido de Parques Nacionales, el recorrido del Día 2 debió ser modificado y la única chance de llegar al otro lado era por el agua. Y hubo que hacerlo, aunque algunos hayan preferido quitarse el calzado y otros chapotearon como parte de la aventura. Las medias secas, entonces, fueron la clave del éxito.

Apenas 45 minutos después de la largada de los 100k, los 50k coparon la playa. La fila amarilla se convierte en una curva interminable de corredores que buscan con el pie la arena más firme para el envión. Para los del recorrido más corto, la opción es terminar la aventura en el Puesto de la Familia Martínez, ahí donde hay promesa de picada y cerveza, pero la mayoría opta por el bonus, la subida al refugio del Dormilón es tentadora y perdérsela es un pecado.



"Deben ser unos 45 minutos nomás y como 20 para bajar". El hombre, un avezado corredor, baja casi esquiando en ceniza volcánica y promete lo imposible: una subida veloz hasta la cumbre del cerro y un descenso ídem. La casita del refugio, que fue reinaugurada en 2012 (su construcción data de 1933 y está en la cota 1.400 snm), tentó para quedarse pero en los 100k no hay opción: se sube. Hay que hacer cumbre una vez más, otra vez por un arenal, aunque esta vez con más piedra, igual de complejo, con los pies avanzando dos pasos y retrocediendo uno, las polainas que no alcanzan y el cielo que no colabora: ni una nube otra vez. No hay bosque que tape el sol, eso ya quedó atrás, y hay que meterle en un valle que es lo más parecido a la luna. Y una soga, que se asoma tímida y hay que colgarse de ahí con miedo a que nos suelten. "Mirá que peso 90 kilos", le advierten al flacucho que pone cara de saber que lo que está haciendo y de un sacudón te lleva de nuevo al cielo, a lo más alto, pero no alcanza. Allá, al costado, hay unas piedras que parecen un plato con galletitas y una cruz y hacia allá hay que ir a buscar la mejor foto, con el mejor paisaje aunque todos son lindos y nadie quiere ni parpadear para dejar de mirarlos.

Y allá, otra vez, La Angostura debajo. Y se ve el arco, lejos, lejísimo. Se ven los 8k de coastering que hay que recorrer en el regreso. Se ve el paso Samoré, en la frontera, que a esa hora seguro tendrá más de 1k de autos a la espera por cruzar a Chile. Y se ve el Tronador, que se ve de todos lados pero no agota los ojos, es el invitado de lujo a la selfie. Y se ve ceniza, mucha. Un té con leche gigantezco que del otro lado, de allá donde se adivina Puerto Varas, es más verde. Y se ve el Puyehue, que lo parió. Ahí está, impune. Y no, no fueron 45 minutos de subida, al menos para la mayoría. Fue un poco más. Bastante. Pero el Dormilón es un sueño y vale la pena. Y la bajada es más que divertida, al menos para los que se le animan. Es un zig zag de pendientes de arena, que invitan a la locura, porque no hay más colores que ese beige. Es como estar en la luna, porque el paisaje es monocromático. Y en el medio de ese desierto, hay un arroyo, salvador y fresco, para seguir por el camino de crema donde se pierde la meta.

Las marcas desaparecen y sorpenden en medio de subidas y bajadas arenosas. Hay que concentrarse para no confundir el camino, como pasó con dos corredores el Día 1, que los tuvo dos horas y media sin encontrar una guía y con suerte regresaron sin problemas. Ahora, hay que buscar nuevamente el refugio, pero no sólo eso: allí habrá sombra otra vez y eso es lo que se anhela, salir de la brasa para recuperar el aliento. Justamente, en la casita de madera del Dormilón hay olor brasa que seguramente Mariano Alvarez, director de TMX, quien espera allí a todos los corredores, disfrutó con algún bocado. Pero no hay tiempo para charla, porque hay que seguir bajando y queda un bosque largo y, sobre todo, 8 kilómetros más de playa...

Mariana y su compañera Romina llegan después de pasar por el Puesto Martínez al primer ingreso al bosque. El coastering tiene cuatro desvíos que son obligatorios durante el retorno: uno por el agua (ya que el sendero por el bosque estaba completo de ceniza) y tres por entre los árboles. En dos de ellos, los controles anotan los números de los corredores que pasan. Pero cuando canta su 174, la mujer de rosa consulta quien de ellas es Mariana. Y ante la identificación, le hacen entrega de un papel. La escena se repite al salir del bosque: misma situación, otra carta. Una dedicatoria y un mensaje. Las chicas, las Té con Leche, terminaron siendo las más rápidas en 50k, modalidad equipo femenino. Y no es para menos.

Allá, a lo lejos, se adivina un arco. Parece cerca pero no: el reloj no miente y serán 8k, ni más ni menos. La marea subió y ahora sí hay que mojarse los pies nuevamente pero no importa, es lo último, el último esfuerzo. El regreso se hace más corto para algunos y eterno para otros, pero para todos por igual finaliza en ese arco donde hay un lago esperando para refrescar las piernas y un regreso en combi que tiene un dejo de nostalgia: queda apenas una etapa. Una más...


 Fotos y Video: TMX Team.
 



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